Te miré esta tarde a los ojos de servidor viejo:
rehuía.
Te miré esta tarde con hambre nuevo a los ojos de servidor
viejo:
y nada.
Miré de soslayo tus ojos de manos hartas:
no me atreví.
Y sí que tuve hambre.
Pero no me atreví.
Te miré a los ojos penetrantemente, como una oscuridad que
destruye un relámpago
Pero te herviste en estrella de aguas heladas
Y tuve frío.
Y te seguí.
“¡Acariciame, mi dueño nuevo
Quedan demsiadas patas en el suelo.
NO:
Te lo pido, alejate. No quiero tener miedo de quedarme
quieto.”
Ya se nos hace viejo este cuento de lirismo repetido.
De melancolía inenarrable de todas las noches lo mismo:
“no hay nada nuevo en esta juventud”,
dicen tus ojos altos de servidor viejo.
Hace un tiempo que me insurrectan tus manos hartas
de resurrección.
Pero no tuve poco tiempo de atreverme.
Y te sigo mirando un largo interrogante a la esferita fugaz
que te raya nuestros cuatro ojos.
Hay que aceptarlo: las manos que te fueron dadas son las de
un perro.
Pero me dijiste: “ahí hay abrigo; ¡vamos, que está mi dueño!”
Y me alcanzó tu compasión.
Pero te faltó mi hambre.
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