Y
todo porque la Verónica no se golpeaba el pecho ni iba mirándose los pies.
En
el caserío le decían “la Verónica”. No tenía hijos, creo. Así que todo el que
los tenía, le pedía ayuda. Había sido nodriza muchas veces. Soñaba con “algún
día” y soñaba también con “Dios proveerá”. Se había bordado, en secreto,
después de conseguir los materiales a cambio de mucho pinchazo en las manos y
mucha hilada vendida, un arca de la alianza. La llevaba oculta del lado interno
de la túnica. Cerca del corazón.
Dios
no le había dado marido, sino padres ancianos y muchos hermanos. No tenía
demasiado tiempo libre.
Sin
embargo, sin saber bien lo que hacía, un día de mucha conmoción, y también en
secreto, se pegó una escapada de sus habituales obligaciones. Temió su propia
desobediencia, pero más temía cuando se preguntaba cómo iba a cuidar Dios de
los suyos ese día. Pero el bordado
interno de la túnica brillaba con otro color. Se revisó los pechos: no, no
sangraban.
¿Qué
significaría eso? Verónica tendía a resolver estas cuestiones mirando hacia
afuera. Normalmente, cuando ella tenía una pregunta, otro tenía la respuesta.
Y
había visto la conmoción. Entonces, como árbol arrancado de raíz por el
viento, Verónica había salido antes del amanecer. Había seguido a los hombres;
después se había encontrado con unas mujeres que conocía. Ellas le habían
contado todo: Jesús, el Poder de Dios, llamado el Nazareno, había sido
condenado a muerte por los sumos sacerdotes y el pueblo. Ellas no habían
entendido bien la razón del juicio. Algunas habían llevado a sus
pequeños a las puertas de la Ciudad para
que lo vieran entrar, y daban testimonio de que la gente lo reconocía como
Profeta. Ciertas personas, incluso, decían que era el Mesías, el Enviado de
Dios.
Y
ahora su vida estaba en manos impuras, y estaban de veras confundidas.
Al
oír todo esto, Verónica se hizo la consternada y les dijo que no, no podía
seguirlas, porque además tenía que atender a su familia.
Las
que eran sus hermanas la abrazaron y la besaron entre lágrimas, y continuaron
camino. Ella retrocedió algunos pasos, pero, en cuanto las perdió de vista,
corrió hacia Él.
Si
seguía el paso de sus hermanas, no iba a alcanzar a ver su Rostro por primera
vez. Y si era cierto que estaba por morir, no iba a verlo de nuevo. Algo en su
corazón clamaba urgencia, pero ella temió de nuevo por los suyos. Finalmente,
se dijo que cuanto antes fuera, menos tardaría en volver a casa.
Así
fue como, según cuenta la tradición de nuestro Pueblo, lo que el Señor había
hecho horas antes con Verónica, se lo retribuyó ella de la misma forma. Al mismísimo, Jesús,
el hijo de María, la de Nazaret.
Sin
embargo, pocos saben en nuestro Pueblo que todo lo que sucedió fue consecuencia de un don grande de Dios. Y
ese don era éste: Verónica quería ver su Rostro. Y, por eso, si bien no tenía
un corazón orgulloso, no iba por la calle golpeándose el pecho ni mirándose los
pies.
Cuando
llegó, con la respiración entrecortada,
al lugar donde estaba Jesús, no vio su Rostro, sino un enjambre de sandalias,
espadas, polvo y gritos. Toda la cohorte, violenta como perro endemoniado, se
había frenado a golpear el suelo y todo lo que estuviera sobre él.
Jesús,
el Poder de Dios, estaba en el suelo. Su amado pueblo se había mezclado –aun de
lejos, aun sin querer admitirlo- con esos hombres de corazón impuro. Se habían
hecho eco de la violencia. Sin duda, habían perpetrado un sacrilegio.
Él,
por su parte, había caído una vez más y no sabía si iba a poder levantarse por segunda vez...
Y la
verdad, Señor, es que yo, como parte de tu Pueblo, el mismo del caserío de
Verónica, me atrevo a preguntarte varias cosas.
Sabemos
que Habías asumido la corona del dolor. Sabemos lo que te hicimos. Sabemos que
pecamos contra Vos. Sabemos que esa corona se enterró en Vos como vos en ella.
Sabemos que tu Madre te sostuvo obedientemente y te puso en las entrañas de la
Tierra, como se guarda a uno que es polvo y le pertenece al polvo.
Pero
cuando todo te fue negado menos el odio; y lo tomaste, como si fuera un regalo de bodas... entonces, cuando estabas
atormentado por el odio y sumido en los golpes, no te decías, acaso “yo ya ya no sé
más ni de mi abandono…”
Jesús , no pensabas, en medio de los dolores, entre nubarrón y nubarrón, entre los rayos lacerantes de cada traidor
--¡Papá,
no puedo más!
¿Se volvía tu oración al Monte, que ahora se antojaba acogedor?... ¿decías de nuevo “…sí que los amo.. soy por eso de su condición. Y ya no puedo.
Perdonalos, porque ellos no sabe… no me
dejan. Ni uno solo de ellos deja de golpearme. Que voy a hacer con estos… son
tuyos. Ya no puedo. No. Perdonales todo. No podría contra ellos. Son muchos.
“No podría contra ellos. Son
tuyos. Soy de su condición… Se golpean a sí mismos. Bastante condena tienen con
eso… no pueden….
“Si ni siquiera guardo mi
sangre, la voy regando
y hago fértil todo lo que se secó.”
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Pero Verónica.
Verónica vio entre un montón
de avispas.
Verónica metió la mano en
una colmena de pies.
Verónica se puso de rodillas.
Verónica flechó la mano
entre un montón de pies.
Verónica apuró la cabeza
entre un pilón de pateaduras y puñales
Verónica se rasgó la silente túnica.
Verónica se puso de rodillas ante Dios
Verónica cortó tela donde no había para cortar, siquiera, una tijera.
Verónica cortó tela donde no había para cortar, siquiera, una tijera.
Verónica, la verdadera, ella, VIO.
Un hombre más entre los hombres.
Un hombre más entre los hombres.
Un reo más entre los reos.
Un Hijo de Hombre.
El
Hijo de Dios.
Hijo de Dios.
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Verónica
tomó lo que tenía en sus manos: un pañuelo. Y en los ojos llevaba como ofrenda
todo el inusitado ser, y sin quererlo, lo apostaba. Quería verlo, quería estar
a los Pies.
Pero
Él se le escapaba entre esos hombres extraños. Moría, y ella se sentía morir
también, porque lo único que veía eran un montón de pies, indiferentes,
temerarios, pisando el Rostro Sagrado.
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Verónica
La que le dio de beber a
Dios.
La que se puso a los pies
del Rostro de Dios.
La que se puso a beber a los
pies de Dios.
Y cuando él la vio, quedó
prendado: por ella sí. Ella son los diez juntos. Ella vienen a agradecer. Ella
son los cincuenta justos. Ella era el premio del rescate.
Y no quiso quedarse sin
ella.
Por eso, se quedó con ella.
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Y
todo porque Verónica no se golpeaba el pecho ni iba mirándose los pies. Iba llegándose
con los ojos a los pies ajenos, con los brazos abiertos como un Cristo más
entre otros Cristos. Iba llagándose los pies.
Con
el Rostro de Cristo en sus manos, iba bebiendo un Anticipo de las Llagas de sus
Pies. Iba, por el camino, llenándose los ojos de tragedia y de trajín y de
miel.
Con el Rostro de Cristo a
sus pies.
Verdaderamente,
se puso a los pies de un humano más entre otros humanos. Una mano sin golpe
entre otras manos. Se puso a los pies de Dios, dice la tradición de nuestro
Pueblo, el que le dice “la Verónica”. Y en un trozo descosido le trajo el mundo
a Dios. En sus manos. En un trapo.
Y se
quedó con Él.